Resultados inevitables que hoy se observan en el rodeo vacuno
La ganadería argentina vive un buen momento fruto de un envión en los precios que comenzó hace más de un año y que permitió devolverle rentabilidad a eslabones que venían con un fuerte deterioro. Hubo, en ese sentido avances también en materia de retenciones, aunque en ese punto todavía quedan cargas que deberían eliminarse definitivamente para que la cadena cárnica argentina pueda expresar todo su potencial. No fueron menores las noticias desde el exterior, especialmente de Estados Unidos, que decidió cuadruplicar las compras de cortes vacunos de nuestro país, con el objetivo de contener precios internos, algo que a partir de la guerra en Medio Oriente se podría avizorar con un plazo más extendido que el original. En ese mismo plano, el acuerdo Mercosur-UE es otro paso importante porque suma otro mercado de caаracterísticas bien diferentes al que domina las cocompras en Ar gentina, como es China. Algo similar ocurre con Israel. Se diversifican así las demandas y eso le da mayor sustentabilidad a la producción. Puertas adentro se mantiene con cierto retraimiento el consumo interno, aún sin capacidad de reacción por ingresos que no terminan de recomponerse. De todos modos, hay también allí un evidente cambio de hábitos de la población que hoy tiene otras alternativas válidas en su dieta como el pollo, el cerdo y el cor- codero. En conjunto, cada argentino consume unos 120 kilos de carne al año, con casi 100 kilos entre vacuna y aviar. Sin embargo, hay un dato que contrasta con este escenario y se observa tranqueras adentro, en los niveles de producción. Desde hace décadas que Argentina no logra sostener un período de crecimiento de su rodeo. Por el contrario, desde hace más de 10 años que viene en una pendiente que la llevó ahora a ubicarse sobre el piso de las 50 millones de cabezas de ganado vacuno. Esa oferta limitada no es casual, sino que se trata de la consecuencia inevitable de años de malas políticas o ausencia de políticas ganaderas en el país. Mientras Brasil o Paraguay mantuvieron un rumbo central que persiguió el crecimiento de su rodeo, Argentina involucionó y perdió terreno en el concierto internacional. Claramente el país necesita revertir esa tendencia de menguar su base productiva y comenzar a sumar más cabezas si no quiere abandonar definitivamente el protagonismo en los mercados mundiales, que además le tienden oportunidades de manera permanente. La pérdida de cabezas no implicó una caída en la calidad de la producción de carne. Los ganaderos argentinos siguen demostrando su alta capacidad para ofrecer productos de primer nivel mundial. Pero necesitan decididamente reglas de juego que se sostengan en el tiempo y que tengan como norte la expansión productiva. Y allí el capítulo de la presión tributaria es central. Y aún más elemental, requiere que los sucesivos gobiernos nacionales no reviertan el rumbo. Porque es imperioso que el ganadereo reciba la señal inequívoca de que la dirección no se cambiará debido a que no es una actividad de ingreso y salida especulativa. Se greso trata de inversiones de largo plazo en infraestructura, genética, recursos humanos y logística que requieren máxima previsibilidad. Hoy se está advirtiendo esto en otros rubros de la economía, y era urgente que eso oсurriera. La ganadería también lo necesita. Porque además es una actividad de profundo desarrollo territorial: desde la Patagonia hasta el norte argentino, generando arraigo y oportunidades en todo el interior. El país tiene en la ganadería otro sector que viene demostrando, a pesar de las enormes dificultades que se le fueron sumando, su virtuosismo; pero que además tienen mucho más para ofrecer si solo se le quitan los obstáculos del camino.


