Los riesgos externos que se suman a la imprevisión climática


La producción agropecuaria es considerada frecuentemente una fábrica a cielo abierto. La metáfora busca reflejar la exposición a factores climáticos que permanentemente acechan como una espada de Damocles a quienes trabajan en el campo. Es una realidad tan intrínseca como inevitable: sequías, tormentas severas, granizo, agua en exceso, son parte de las dificultades a las que se somete en cada ciclo productivo un productor. Son “las reglas de juego”.
Pero hay otro paquete de variables que no son propias de la producción y que suelen sorprender por estar fuera de lo previsible. Y generalmente esán asociadas a acciones del hombre. Allí se encuentran desde decisiones de orden político internas u otras que, aun foráneas, golpean de igual modo en la ecuación económica de la producción. Suelen también tener su metáfora: “cisnes negros”.
La guerra desatada el mes pasado en Medio Oriente califica dentro de este último grupo y ya empieza a impactar en indicadores económicos de relevancia, en particular para los productores agropecuarios que tienen en el horizonte de corto plazo una nueva cosecha gruesa por delante. ¿Y por qué es sensible ese momento productivo? Porque es el que concentra el mayor consumo de combustible por parte de la actividad agrícola, justo en el momento en el que comienza a crecer más fuerte la demanda de gasoil. Según datos de la Bolsa de Rosario, la campaña consumirá más de 2.300 millones de litros en todas sus instancias, desde el lote hasta el transporte.
Son números que deberán ser ajustados ahora por su impacto, mientras se sigue de cerca la evolución de la cotización del petróleo y sus impactos en los surtidores. La campaña ingresa ahora en etapa de definiciones y el costo del combustible es vital. Del otro lado del platillo se ubica una cosecha que en términos generales se la considera positiva, más allá de las dificultades severas que mostró el ciclo entre fines de diciembre y enero por las altas temperaturas y la escasez de lluvias, principalmente en el sur de Córdoba. En la zona hay lotes que tuvieron daños irreversibles en ese período, más allá de que la provincia en su conjunto haya recuperado terreno productivo a partir de las abundantes lluvias de febrero y la primera quincena de marzo. A partir de ahora, lo que llueva será para recuperar perfil pensando en lo que viene.
Pero justamente allí también hay novedades respecto a los coletazos de la guerra. Es que con la mira en la próxima fina, hay un elemento que empieza a preocupar: el precio de los fertilizantes. La guerra en Medio Oriente también influye de forma determinante en ese valor que es vital para la campaña de trigo. El conflicto empujó los precios de los fertilizantes, con la urea aumentando hasta un 20%, debido al incremento en los costos del gas y riesgos logísticos en la región del Golfo. Esta inestabilidad presiona los costos agrícolas globales y amenaza la rentabilidad de cultivos como el maíz y el trigo. El impacto no es menor porque el Estrecho de Ormuz es la vía por la que circula un tercio de los fertilizantes nitrogenados del mercado mundial, provenientes de Qatar, Arabia Saudita, Emiratos, Bahréin y Kuwait.
Si el conflicto se extiende, será otro “cisne negro” que tendrá por delante la producción agrícola en la Argentina y que cambiará los planes de los productores hacia adelante incluyendo la decisión de sembrar o no trigo. Lo que a su vez determinará ingreso de divisas para el país y actividad económica puertas adentro, especialmente en el interior.
Es por eso que, dada la alta exposición a factores exógenos, la producción siempre necesita la mayor previsibilidad interna para amortiguar.


